Por Adrián Calero Martínez. 1º. Batx. N
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| Se comienza a buscar refugio en tribus afines a nosotros o a buscar agradables cobijos en oscuras cavernas. Será cosa de uno de nuestros instintos más básicos, lo de agruparnos para no estar solos |
En muchas ocasiones, y en
muchas épocas a lo largo de la historia, las cuestiones sobre el ser humano ( cuando nos preguntándo ¿qué somos?) se han ido sucediendo unas tras
otras sin que el tema haya sido solventado de una manera única, unilateralmente
hablando.
En nuestra tradición, los
griegos aportaron un planteamiento
mitológico indómito: una diosa danzando en los mares que sentía en su piel
sagrada el pesar de la soledad, relatos de pasión y lujuria (para que cobraran
sentido los argumentos de la creación misma de los hombres), la ofidia figura siempre
presente, como la contrapartida a la abnegada divinidad, y con el afán de que
todo quede jerarquizado bajo su poder; la desaparición de los Dioses para dar
paso a los humanos etc…
Luego fue la religión cristiana la que se dedicó durante siglos a sacar miga a
mitos helenos para hacer su propia versión de los hechos (preferentemente con sangre,
muerte, fuego y destrucción de por medio) para que así , como la misma figura
de la serpiente, que en sus libros
también es representada como “el mal”, se convierta en el centro de todo y
todos, estableciéndose primera como orden, razón y finalidad para la existencia
humana.
¿Qué sentido tiene
nuestra existencia? ¿Existir por azar, por necesidad o por cualquier otro
motivo? Cada uno que busque el suyo que la humanidad buscara el de todos… Quizás
existamos por y para evolucionar hasta lo que hoy somos después de millones de
años. Cada época se ha encargado de determinar la existencia del hombre dándole un fin por el
que existir, otorgándole una razón y animándolo a buscar el porqué de su
existencia. Y puede que sea posible que al llegar al día de hoy esta inquietud
se haya quedado varada en las orillas del inmenso océano de dudas que es hoy la
civilización. Una carga pesada para nuestra vida tan ligera .
Pero son las ciencias (por suerte o por desgracia) las que se ocupan de otra “de las grandes” cuestiones candentes (y que siempre lo será),
la de la reflexión sobre qué nos define como especie humana. Esta
podría ser una pregunta derivada de todas las anteriores ya expuestas. Pues lo que nos hace humanos es también lo que
nos revela un poco de nuestro pasado (y
los que nos mantiene , en cierto modo en esa
condición “animal”): me estoy refiriendo a los instintos y su control.
Si nos fijamos en este
hecho, la mayoría de las cuestiones sobre las que debatimos cotidianamente
tienen que ver con las formas que tenemos de entender o definir al ser humano :
por ejemplo, un ser controlado por un destino ya establecido por los dioses (cuando
hagas lo que hagas el hilo que te hace estar con los pies en la tierra es
indesligable) ; o individuos controlados por instituciones que rebosan
supremacía; o animales evolucionados que están capacitados para dominar, o al
menos entender, lo que otros seres inferiores no llegaron a comprender.
No podemos obviar ni tampoco olvidar que podemos ponernos en otra posición,
la perspectiva filosófica . Esta
perspectiva aporta la característica de análisis racional y crítico sobre el
problema “que nos define como especie humana”. No aporta datos rigurosos como
la ciencia, ni una visión de la naturaleza humana y de su destino ya elaborado
y establecido por los Dioses. Pero en
ella están presentes los distintos campos de visión y desde esa mirada racional y crítica intenta
analizar el problema del animal- hombre u hombre-animal. El objetivo de esta perspectiva
filosófica, no es determinar normas para todo el mundo respecto al tema en concreto (ni en este ni en
ningún otro ) sino dar ideas que permitan a los seres humanos su pleno
desarrollo como personas, tomando decisiones racionales, libres y respetuosas
sobre su comportamiento y el entendimiento de sus instintos racionales e irracionales, particularmente
sobre este tema, sobre la conducta
humana.
La cuestión pues sería: ¿Nuestra identidad como personas va
determinada por la naturaleza, por la sociedad y el medio que nos rodea, o es
ajena a todo lo anterior?
Una respuesta podría ser que
nuestra identidad está condicionada o influida por la sociedad. Siempre, incluso
en épocas como la niñez o en la
adolescencia, cuando no hemos adquirido todos los lazos sociales, nuestra
conducta está determinada por miedo a la marginación o a la discriminación. El afloramiento
y/o control de los instintos de supervivencia (también influenciados al conocer el
aislamiento o el abandono) en estas tempranas edades ya se hace palpable. Se comienza a buscar refugio en tribus afines a nosotros o
a buscar agradables cobijos en oscuras cavernas. Será cosa de uno de
nuestros instintos más básicos, lo de agruparnos
para no estar solos ni caer en las
garras de quinceañeros depredadores. La soledad en la sociedad solo trae más
soledad, así como el miedo es llamado por el miedo. Quizás la sociedad nos
corrompe, pero también hace sacar lo
“peor”(¿ lo más natural también?) de uno
mismo, nuestra parte más animal: los instintos.
“El hombre está
condicionado por las leyes de la naturaleza”, como bien diría Spinoza, y no le
falta razón. Si ya vemos que con tan apenas seis o siete semanas de vida un bebé reconoce y sonríe a caras (o a cosas
similares a ellas ), no por que le resulten reconocibles, agradables,
horripilantes o divertidas, sino porque en sus genes están inscritos los parámetros conductuales que hacen que instintivamente todo le resulte familiar y
respondan automáticamente de manera afectuosa. Su instinto le lleva ya a
aproximarse a cualquier rostro cercano.
Por lo tanto cabe la posibilidad que nuestros
instintos sean los que nos condicionan y nos corrompen, ya que no existe
una gran diferencia entre el bebé que no distingue a mamá del dibujo de una
cara, el adolescente que se busca a si mismo y a la vez a sus semejantes, y el
marido que instintiva y accidentalmente golpea hasta matar a su mujer porque “ve
en peligro su descendencia”. Quizás anexionados todos ellos por el instinto de
“supervivencia”(cada uno a su manera). Visto
de esta manera, somos dueños de nuestros instintos y controlarlos quizás es una
carga hereditaria de la que no nos podemos librar, permanecen latentes.
Por tanto, estamos
condicionados por nuestros instintos como por el entorno social que nos rodea,
ambos tienen capacidad para actuar sobre nosotros e influirnos. Entonces ¿el estado puede llegar a controlarnos debido a que es capaz de influir en gran
medida sobre la sociedad y directamente con las leyes sobre nosotros? Si, es
posible, como ya ha pasado alguna vez y
posiblemente pasará algunas otras. Pero
dejarle hacer, permitirlo, ¿depende de niveles de comodidad, de jerarquías, de
bienestar?
¿Entonces es que el
hombre es corrompido por la sociedad y la naturaleza? Entiendo por tanto que el
hombre es malo por naturaleza ("homo homini lupus est", citando a
Hobbes). Entonces quizás podría ser que la
sociedad no corrompiese, sino que sacara
del hombre su parte "benévola" para poder vivir en comunidad. A
todos en gran parte nos importa el juicio que se emita sobre nosotros, aunque
creo que los humanos nos movemos de
forma egoísta y el único impulso natural que tenemos es satisfacer nuestras
necesidades.
Lo más sorprendente de todo es que en algún
momento de nuestra existencia, fuimos capaces de organizarnos en sociedad, ya
que esto conllevaba mantener acuerdos, juntar bienes, respetar y ser respetado…
gracias precisamente al instinto de supervivencia. Fue necesario apartar lo deficiente de
nosotros , incluso para aquellos que eran “inferiores” a nosotros , para poder
llevar a cabo una organización. Una muy buena organización.
Concluyo que al fin y al cabo, los instintos hacen al hombre y a su vez
este se deja hacer por ellos. Es un tema que siempre será bienvenido para
reflexionar básicamente por lo completo que es el hombre (con todos sus más y
sus menos), no sólo por lo que ya es, sino también por lo que puede llegar a
ser. El ser humano es tema de todas las ciencias e instintivamente es el “ser
dominante” sobre la tierra que configura, modifica, transforma y conserva la
realidad que le ha sido otorgada.

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